Mi nuevo mecánico es un Peulh de Guinea con un aprendiz mudito que parece tener diez años. Guarda las piezas de recambio en un árbol al pie del Canal Quatre.
Me paso media vida en los aeropuertos de Africa Subsahariana, dudando entre tirarme por los suelos en chándal a la caza del único enchufe de la sala de embarque, ordenador en mano, o sentarme muy finamente con tacones haciendo ver que leo Le Monde Diplomatique. Es un dilema terrible entre cutre pero cómoda vs. estupenda a la par que apurada. Y es que nunca se sabe con quién estoy compartiendo la espera: un representante de un donante de fondos, un colega de una agencia más grande, un implementing partner con ganas de cháchara, un diplomático de la embajada donde pido mil visados.
Desde que trabajo en esto me he convertido en una listilla del viaje aéreo internacional, un Top-10 andante de los peores aeropuertos. Casablanca: bien, Abidjan: psé, Yaoundé: cero, Bissau: cero pelotero, Conakry: negativo. Y el peor Charles-de-Gaulle.
Cosas que no he aprendido tras dos años y cuarto:
Una: andar por la arena con gracia y estilo. Mi casa está en un callejón sin asfaltar en un barrio sin asfaltar, y las mañanas sin moto me toca un paseo como por Gobi hasta la Route du Marché. Flip flop, flip flop. Y lo llevo igual de mal que el primer día.
Y dos: dónde está mengano = qué tal mengano. Cuando uno se cruza por la calle con un vecino que pregunta dode está Paco, no es necesario enredarse en grandes explicaciones sobre porqué no se sabe exactamente dónde está en este preciso instante, que si se le vio esta mañana en la portería, pero de hecho ahora igual ha salido, dijo que tenía que ir al centro, aunque ahora parece tarde para ir hasta allí, con este sol; está su coche aparcado en la explanada? No no, nada de eso. Se contesta "ahí está, gracias" y se sigue con el paseo.