Llega un momento en la vida de muchos en que se es llamado a sacarse el carné de conducir. Por ejemplo puede ir así:
A las once y media se llega al punto de encuentro de los aspirantes y se sigue al coche de la autoescuela hasta un sitio llamado "LAS MINAS" que es donde se examina todo hijo de vecino. Algunos van en coche, curiosa maniobra, puesto que van precisamente a sacarse el carné de conducir. Yo voy en mi frankenmoto, asi que podria ir en zigzag entre el atasco y llegar antes que nadie, pero como no sé donde son LAS MINAS tengo que ir siguiendo al R5 de la autoescuela. Tardamos 45 minutos. Me he puesto morenísima y luzco una espléndida señal del casco.
LAS MINAS resulta ser un edificio largo con techo de hojalata. Vamos, unas barracas. A un lado tiene bancos pegados al suelo, en medio un par de salas, y al otro lado no sé qué hay porque no me dejan pasar hasta que no me haya examinado del teórico. Así que me siento y espero una hora y media, con otras ciento y pico personas. De repente surgen de la nada un espontáneo con un gorro de lana y una bolsa de plástico, y otro espontáneo con atuendo de profesor de universidad. El profesor grita que los que quieran examinarse en oral se pongan A SU IZQUIERDA y los del escrito DEL OTRO LADO. Es un señor con muchísima autoridad y la gente ejecuta sus órdenes sin chistar. En Senegal! Una masa! Yo me pongo A SU IZQUIERDA, y todas las demás señoritas se ponen DEL OTRO LADO. No sé el porqué de esta division por género. Se sentirán menos masculinos los hombres que hacen el escrito? Me debería sentir poco femenina por estar A SU IZQUIERDA? Algo falla. Hay que investigar.
El caballero del gorro de lana va sacando papeles de la bolsa de plástico, y resulta que son nuestros nombres escritos. Va haciendo grupos para el oral. Nos metemos 16 caballeros y yo en una de las salas de las barracas, y se nos une el autoritario con un panel de madera con señales de tráfico pintadas en pequeñisímo. Yo no veo apenas nada. Nos sentamos todos y el autoritario nos pregunta ESTO QUE ES, y uno a uno tenemos que contestar sobre la misma señal. Y otra vez. Y otra. Y una cuarta y última. Luego, el veredicto: se ve que como grupo le hemos causado satisfacción y nos aprueba. A todos en comunidad. Albricias! Cuánto nos ha unido la experiencia.
Nos vamos para afuera donde hay como cincuenta personas esperando a que les toque aparcar de una forma complicadísima e hiper regulada (que es el examen práctico) entre dos postes cubiertos de neumáticos. Tras otras dos horas de espera, me toca! Y aparco el R5. Plis plas. Ya tengo carné!
Y esta vez sé conducir de verdad! Quiero darles las gracias a mi papá y a mi mamá que siempre han creído en mí, a mi monitor de autoescuela Baba Ndiaye aunque no hablemos el mismo idioma y ello haya causado cierta tensión durante mis clases prácticas, y a mi amiga Barbarita por dejarme conducir el 4x4 de plástico mas grande del mundo.
Jonas, que estuvo de visita hace unos días, comentaba que el secreto para conservar el buen humor en Senegal es confiar en que todo va a salir bien. Por ejemplo: aunque el autobús te deje en un descampado en mitad de los arrozales de Casamance a pleno sol de mediodía, confía en el chico que te asegura que en un par de horas pasará su hermano a recogerte. Y pasa.
La verdad es que como sistema de vida no me parece mal. Ahora bien, para echarle una mano al proceso y evitar llevarse un chasco, hay una serie de personas con las que conviene estar siempre de buenas:
- Los gasolineros de la Shell y OilLybia en la carretera hacia la oficina: qué gran fichaje. Si les caes bien, te colarán delante la excavadora que intenta repostar tropecientos litros de camino a la obra de turno. Te vigilarán la moto toda la noche hasta que llegue el mecánico, y lo que es más, te darán cambio para el taxista cuando pases enfurruñada al día siguiente.
- Los vecinos de justo enfrente: entre mil otras cosas, porque tienen unos niños encantadores, y no necesitan carta astral para saber en qué caprichoso momento va a pasar el camión de la basura.
- El personal de la unidad de finanzas: buf, misión imposible. Nada que hacer. Apechuga.
Mi nuevo mecánico es un Peulh de Guinea con un aprendiz mudito que parece tener diez años. Guarda las piezas de recambio en un árbol al pie del Canal Quatre.
Cosas que no he aprendido tras dos años y cuarto:
Una: andar por la arena con gracia y estilo. Mi casa está en un callejón sin asfaltar en un barrio sin asfaltar, y las mañanas sin moto me toca un paseo como por Gobi hasta la Route du Marché. Flip flop, flip flop. Y lo llevo igual de mal que el primer día.
Y dos: dónde está mengano = qué tal mengano. Cuando uno se cruza por la calle con un vecino que pregunta dode está Paco, no es necesario enredarse en grandes explicaciones sobre porqué no se sabe exactamente dónde está en este preciso instante, que si se le vio esta mañana en la portería, pero de hecho ahora igual ha salido, dijo que tenía que ir al centro, aunque ahora parece tarde para ir hasta allí, con este sol; está su coche aparcado en la explanada? No no, nada de eso. Se contesta "ahí está, gracias" y se sigue con el paseo.
Este domingo han empezado las vacaciones de Pascua en los colegios, y la calle está tomada por niños jugando a la pelota, a la comba, a las canicas, subiéndose por las montañas de pedruscos, arena o materiales de construcción. Hordas de quinceañeros han tomado la placita del Terminus-Garage-de-Yoff, charlando a voz de grito sobre pickups viejas y autobuses abandonados para el fin de semana. Sólo en la playa hay paz.
Las fuerzas armadas senegalesas de autoestop
Esta es mi calle, con un Harmattan asqueroso. Gracias, Mauritania.
Todos los martes hay mercadillo en la calle asfaltada del barrio, y ya el lunes por la noche viene el camión del ayuntamiento a instalar el tinglado mecánico desde el mar hasta la rotonda de la Route de l’Aeroport. Por primera vez desde que vivo aquí, esta semana el camión no ha venido. Cuando salgo de casa hay más silencio que de costumbre. A lo largo de toda la calle hay señoras sentadas sobre su mercancía, que tienen puesta hecha una bola gigante, como una bala de paja envuelta en tela de saco.
Entrada al parque natural del Niokolo Koba, Senegal, Enero 2009.
Me encanta el camino que se desvía de la carretera principal hacia el centro, pasado el cruce del faro de Mammelles. Se ve que en su día fue una carretera de verdad, pero hoy sólo queda un vestigio de asfalto lleno de hoyos, bordeando el precipicio. A la izquierda el campamento militar, una docena de casetas y tendederos, centinelas dormitando a media altura; a la derecha el mar. Desde que construyeron no una sino dos vías de acceso al centro alternativas y en paralelo –cortesía de la Conferencia Islámica- por el camino del precipicio ya no pasa nadie, y en la mayor parte del recorrido no hay cobertura.
Evidentemente ahí es dónde decido quedarme sin gasolina. La avería más humillante. Me quito el casco, doy un par de vueltas alrededor de la moto, y me siento sobre una roca a esperar que pase alguien. Unos diez metros más allá esta la caseta elevada del centinela, que me observa con más bien poca curiosidad, como si ahí se quedaran toubabs en panne todas las mañanas. A los quince minutos, como todavía no ha pasado nadie, se baja de la caseta un guardia con un ojo vago, suspirando de hastío, y me ayuda a empujar la moto hasta el cruce, refunfuñando porque eso de quedarse indefensa en la carretera c’est pas bon déh, en esta ciudad hay beaucoup de bandits, hasta que se para un taxi que por casualidad lleva medio dedo de essence en una botella de plástico. Suficiente!